Mostrando entradas con la etiqueta Humanidades médicas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Humanidades médicas. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de octubre de 2016

MD: ¿Epígrafe médico o religioso?


La prepotencia con la que actúan ciertos facultativos frente al dolor de sus pacientes, la falta de calidad humana con que se aborda el acto médico, la autosuficiencia con que se asumen las actividades propias del quehacer profesional, en otras palabras, la presunción equivocada de que el “MD” que adjetiva con pretendida elegancia el nombre de muchos colegas, tiene la connotación de “medio dios”, el “mismísimo dios” o para algunos con delirio de grandeza, “más que dios”, representan motivos de preocupación permanente por el futuro de la medicina de nuestros ancestros: la medicina enfocada a obtener el bienestar del paciente, la medicina como una profesión al servicio de le gente, la medicina cargada de altruismo, solidaridad y buenas intenciones, la medicina ética, la de Hipócrates, la de Galeno, la de Vesalio, el apostolado que nos inspiró desde el inicio de los tiempos.

Meditaba acerca de esta y otras cuestiones relacionadas con la educación de los futuros médicos, cuando tropecé con un escrito del doctor Rafael Antonio Vargas, en el que pude vislumbrar las raíces del fenómeno que probablemente haya dado origen a tan sacrosantas metáforas, las cuales parecen haberse incorporado de forma subrepticia al imaginario colectivo de la profesión médica, generando la hipertrofia, en algunas ocasiones patológica, de la autoestima de muchos de mis colegas.

“Es importante tener en cuenta que a pesar de los racionales que podemos ser”, anota Vargas, “y a pesar de estar a las puertas del Siglo XXI, la medicina aún se mueva dentro de un marco de pensamiento mágico religioso”. Según el autor, “el médico es considerado por algunos como una deidad, un ser capaz de dar y generar vida y al cual me debo someter o entregar para que cumpla con su misión salvadora”, hecho que le confiere la condición especial de un semidiós “intermediario de la vida y la muerte”.

“Y en esto el acto médico se convierte entonces en un rito, un ceremonial en el cual el médico ejerce como sumo sacerdote, utilizando para ello el traje litúrgico (bata blanca, vestido de cirugía, protector de radiación), consulta sus dudas a un ser superior (especialista, subespecialista, junta médica), acude a libros sagrados (textos médicos, revistas científicas), utiliza un lenguaje sacro, a veces incomprensible (jerga médico científica) y sus elementos de ritual ceremonial son desplegados (estetoscopio, bisturí, jeringas, equipo de cirugía), permitiéndole en cierta forma, dar un toque de racionalidad al rito”.

Adicional a lo anterior, hay que recordar que a pesar de la “aparente racionalidad del acto médico, se incorporan en él una serie de elementos de orden místico religioso, a saber, fe ciega, sometimiento y resignación ante designios sobrenaturales, compasión, misericordia, creencia y temor en un ser superior, omnipotencia del mismo”

¿Habrán calado tan profundo estos supuestos metafóricos en que se equipara a la medicina con una mística religión fundamentada en el culto al ego y la omnipotencia de un pequeño dios hombre cuya vanidad infinita supera con creces al amor por sus semejantes, al compromiso con los más necesitados y a la propia razón de ser de una profesión “honorada y honorable” que no puede flaquear ante el demonio de la modernidad?

domingo, 30 de octubre de 2016

La Medicina en el Arte: Ciencia y Humanismo


Juan Carlos Morales Ruiz M.D

El arte y la medicina comparten sus raíces: las vicisitudes de los seres humanos; la lucha entre el bien y el mal; la naturaleza, un tanto sombría, de la enfermedad; la presencia perturbadora de la muerte y la esperanza de vencer la batalla por la vida.

Desde esa perspectiva, retomando las palabras de Mayte Suárez, una periodista española que ha dedicado una buena parte de su vida a explorar la relación entre el arte y la medicina:

“La pintura quizá sea, por su inmediatez, la actividad artística que ha dejado testimonios más impresionantes de esa cara oscura del devenir de los hombres, mostrándola, unas veces, y atenuándola, otras, con la viveza de la luz y el color.”

No hay que olvidar que la ciencia médica y el entorno que rodea a la enfermedad, han sido protagonistas constantes de esta cruel realidad, y un sinfín de imágenes plasmadas en los lienzos constituyen una brillante galería ilustrada de la patología humana, en la que el artista, quizás sin proponérselo, se convierte en mensajero de un legado invaluable que nos permite  conocer nuestra historia.

Desde la otra orilla, el arte ha sido una fuente inagotable de representaciones clínicas, sociales y culturales del proceso salud – enfermedad, a través del tiempo, llegando a convertirse en una herramienta invaluable para la reconstrucción de la historia de la medicina y en un recurso didáctico, no siempre bien aprovechado, para la enseñanza de esta profesión, mitad ciencia y mitad arte.

En tal sentido, Alejando Arís, eminente cirujano cardiovascular y de tórax, de origen español, manifiesta que la relación entre el arte y la medicina, “nace de la deformación profesional del médico de interpretar una patología representada en una gran obra de arte, de la misma forma que un sacerdote identificaría al pecador o al santo, y un militar reconocería al héroe o al cobarde. En todos ellos el pintor ha logrado plasmar algo que resulta incongruente pero incuestionable: la belleza de la enfermedad.”

En ocasiones, continúa Arís, “la patología es obvia, pero en otras resulta más sutil y es posible que el propio pintor la ignorase cuando realizó el cuadro. En la interpretación de esta patología sólo se puede aplicar la primera de las cuatro formas cardinales de la exploración semiológica –inspección, palpación, percusión y auscultación- para llegar al diagnóstico del mal [...]”.

“En esta época de medicina protocolizada y altamente tecnológica resulta un desafío y un ejercicio apasionante para un médico aventurar un diagnóstico a partir de la inspección de un cuadro, con la gran ventaja de que si yerra, el paciente no resulta perjudicado.”

Finalmente, vale la pena hacer una breve mención a la relación existente entre la enfermedad y la expresión creativa de algunos grandes maestros del arte, a través del tiempo: la enfermedad bipolar que acompañó a Gauguin durante una buena parte de su vida; el retardo mental, la epilepsia y las crisis maníaco depresivas de Van Gogh; la artritis reumatoidea deformante que afectó a Renoir y  a Rubens; la sordera que determinó el aislamiento de Goya y la creación de algunas de sus obras más famosas; el grave compromiso de la función visual que se hizo presente en la mejor etapa de la vida artística de Monet y el enanismo que le permitió a Toulouse – Lautrec, ingresar sin restricción al mundo de la noche en París, entre otros.